El recambio generacional en la marina mercante argentina

Por qué la formación de oficiales es el cuello de botella del sector naviero argentino y qué puede hacer la industria para revertirlo.
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Federico Virasoro

National Shipping

Hay un problema del que se habla poco en la industria naviera argentina y que va a condicionar todo lo demás en la próxima década: no estamos formando suficientes oficiales. Se puede comprar un buque en dieciocho meses. Formar un capitán lleva quince años.

Un déficit que es global

La escasez de oficiales no es un fenómeno local. Los informes de la industria vienen advirtiendo desde hace años sobre una brecha creciente entre la demanda de tripulaciones calificadas y la oferta disponible, especialmente en los rangos superiores y en los segmentos que exigen certificaciones específicas, como el tanquero. Lo que cambia entre países es la capacidad de respuesta.

Por qué es más agudo en el segmento tanquero

Un oficial de buque tanque necesita, además de su título, endosos específicos para operaciones de carga, formación avanzada en manejo de productos y experiencia embarcada acreditada. Esa acumulación de requisitos alarga el trayecto y reduce el número de candidatos. A eso se suma que las petroleras exigen antigüedad mínima en el rango para aceptar a un oficial a bordo, lo que genera un círculo difícil de romper: no se puede acumular experiencia si nadie te embarca sin experiencia.

La competencia por el mismo recurso

Los oficiales argentinos están calificados según estándares internacionales, lo que los vuelve empleables en cualquier bandera. Cuando el diferencial salarial con el exterior se amplía, la salida de personal hacia flotas extranjeras se acelera. No es un problema de lealtad sino de mercado: nadie puede pedirle a un profesional que renuncie a una diferencia sustancial de ingreso.

Lo que sí depende de nosotros

Hay decisiones que están al alcance de las empresas y que no requieren cambios normativos. La primera es abrir plazas de práctica a bordo para cadetes, que es el punto donde el sistema se traba. La segunda es sostener planes de carrera internos que le permitan a un tripulante ver un horizonte concreto de progresión. La tercera es invertir en las condiciones de vida a bordo: conectividad, alojamiento, previsibilidad de los relevos.

La conectividad como factor de retención

Puede sonar menor frente a la discusión salarial, pero no lo es. Para alguien que pasa meses lejos de su familia, poder comunicarse todos los días cambia por completo la experiencia del embarque. Las compañías que invirtieron en esto muestran mejores indicadores de retención. Es una inversión modesta con un retorno medible.

Una responsabilidad compartida

La formación no puede recaer solo en las escuelas ni solo en las empresas. Requiere que las instituciones educativas actualicen contenidos al ritmo de la regulación internacional, que las empresas abran las plazas de práctica y que el Estado sostenga un marco previsible. Cuando alguno de los tres eslabones falla, el sistema entero se resiente.

Lo que está en juego

Argentina tiene por delante un crecimiento de su producción energética que va a demandar más capacidad de transporte. Si cuando llegue esa demanda no tenemos tripulaciones formadas, la vamos a cubrir con flota y personal extranjero. La decisión sobre eso no se toma el día que aparece el volumen: se toma ahora, formando a quienes van a estar al mando en diez años.